Mucho se habla de la libertad, el ser libre. Muchos pensamos que por nacer en sistemas donde se reconocen un conjunto de derechos basados en libertades individuales, automáticamente ya somos libres. Ciertamente, desde el ángulo de la ley nos consideramos libres. Pero es curioso cómo seres humanos que, ante la ley son libres, ante la vida no lo son.
Muchas personas dedican gran parte de su tiempo buscando la verdadera libertad por medio de bienes materiales. Gran parte de ellas nunca lo consiguen, ni siquiera pueden rozar el velo del manto de lo que realmente representa la libertad.
Desgraciadamente, muchos llegan a sus últimos días llenos de quejas y situaciones inconclusas, y sus bienes materiales no les sirven para apaciguar el dolor, ni para disipar la realidad que este momento en sus vidas les presenta: el arrepentimiento.
Entender la libertad ha sido una de mis pasiones durante décadas. El ser libre, para mí, tenía un sentido mucho más profundo que la libertad ante la ley. La situación en donde el reloj despertador suena, lo apagas y dices “5 minutos más”, nos coloca en una interesante encrucijada: ¿esto es reflejo de la acción de una persona libre, que elige cuándo se levanta, o es la acción de un esclavo, que no puede cumplir con la hora que él mismo estableció que se levantaría?
La libertad no es tan sencilla como la inmensa mayoría de las personas alegan que es. Y no tengo dudas de que, si aún estás leyendo, es algo que ya habías identificado.
He navegado décadas, miles de páginas de libros leídas, cientos de seminarios, cursos tomados y más de 7,000 horas de coaching, y nunca me había topado con una escena que planteara de forma sencilla, pero magistralmente, lo que verdaderamente significa ser libre.
Luego de un día de 14 horas de trabajo, estaba buscando ver algo que me ayudara a desconectar la mente del día. Pasando portada por portada, me detuve por simple curiosidad al ver algo que me pareció era un caballo con un niño.
Recuerdo que vi el título y me dije a mí mismo: ese título está más largo que la esperanza de un pobre. Lo leí con detenimiento y me dije: wow, aquí sí que no querían dejar de mencionar a ninguno de los personajes.
Me ganó la curiosidad y empecé a ver el cortometraje: The Boy, the Mole, the Fox and the Horse.
Aunque les recomiendo que vean el cortometraje, les quiero hablar solo de una escena en particular.
En esta escena, está el niño con el topo y escucha un quejido. El niño se da cuenta de que es el zorro que está atrapado en una trampa de lazo. El mismo que minutos antes se lo habían encontrado y que claramente se los quería comer, pero al ellos estar trepados en un árbol no los pudo alcanzar.
Ante la exclamación del niño que le dice: —¡Es el zorro! ¡Está atrapado!, el topo exclama: —Ay, Dios mío, mientras se dirige lentamente a donde el zorro está atrapado. El niño le dice: —Por favor, ten cuidado. Mientras tanto, el topo va caminando lentamente, repitiéndose una y otra vez: —No tengo miedo. No tengo miedo. No tengo miedo…
Ya cuando el topo está llegando a una distancia extremadamente peligrosa del zorro, este se le acerca y le dice: —Si no estuviera atrapado en esta trampa, te mataría. A lo que el topo le contesta: —Si te quedas en esa trampa, morirás. Entonces el topo muy lentamente le pasa justo al lado y empieza a romper la trampa de lazo que tiene atrapado al zorro. El zorro se libera, se recompone, y se va cojeando de una pata.
El niño corre, se lanza arrodillándose frente al topo, lo carga, lo abraza y le dice: —Lo hiciste muy bien, demostrando un profundo orgullo por aquel que, aun con miedo, actúa y se lanza por aquello que considera correcto.
Lo que sigue, justamente lo que le dice el topo al niño, es sin duda alguna una de las expresiones que hoy en día considero una de las máximas de la libertad.
Cuando el niño le dice al topo que lo hizo muy bien, este con una profunda convicción le dice:
—Una de nuestras mayores libertades es cómo reaccionamos ante las cosas.
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