Yang siempre recordaba las palabras de su padre, aunque nunca las había entendido del todo: un hombre bueno no teme a la oscuridad, de buenas intenciones están forradas las paredes del infierno; no es cuestión de quién llegue más rápido, sino de quién llegó por la ruta que quiso tomar y se detuvo a comerse una alcapurria en el camino.
Su padre siempre fue una fuente de muchas ideas, confusiones y profundas meditaciones.
Cada vez que Yang tenía que tomar una decisión recordaba las palabras de su padre: “Si alguna vez no sabes qué decidir, lanza una moneda al aire”. Estas palabras siempre la hacían sonreír, aunque nunca las tomó en serio.
Yang no era una persona supersticiosa y estaba consciente de que las decisiones no se podían tomar al azar. La idea de su padre, aunque algo simpática, la realidad es que era una idea demasiado simplista y anticuada para su generación.
El tiempo continuó pasando, como de costumbre, y años más tarde, Yang se encontró atrapado en un momento crítico de su vida. Las circunstancias le impedían separar la emoción de los hechos, no era algo que pensaba que podía evitar: la decisión se tornaba más pesada cada día y él no encontraba como caminar.
Una tarde, sollozando, frustrado y agotado, recordó las palabras de su padre: “Si alguna vez no sabes qué decidir, lanza una moneda al aire”. “Una moneda”, susurró. “A esto yo he llegado”.
Miró hacia su escritorio y tomó una moneda que había dejado ahí tiempo atrás. Decidió qué cara de la moneda representaba qué elección debía tomar. Aun el sereno de la noche se abrigaba en sus ojos.
Lanzó la moneda al aire. Mientras la moneda giraba y se disponía a bajar, una lágrima caía con ella, y luego otra, y luego otra.
Se había roto el sello del pergamino, se había revelado la ruta en el mapa. Justo en ese momento perfecto en el tiempo, su corazón se detuvo en un deseo que hasta entonces no había mostrado su rostro a la luz.
Yang lo entendió: no era una idea simplista, no era una superstición. La moneda al aire era simplemente una llave para el corazón.
Cuando la moneda cayó al suelo, rodó hasta detenerse. Yang la tomó sin mirarla y sonrió. Por primera vez, sentía que había entendido un consejo de su padre a la perfección.
“Gracias, papá”, murmuró Yang.
Nunca se trató del resultado; la moneda en el aire simplemente reveló su verdadero deseo: el lado que quería que cayera. Sin filtros ni dudas, la indecisión ficticia llegó a su fin.