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Mi papá es el piloto y me está llevando a casa

Mi papá es el piloto y me está llevando a casa

Era un vuelo largo, en un clima perfecto, todo se podía ver realmente tranquilo por las ventanillas del avión. Los pasajeros estaban cómodos en sus asientos. Algunos revisando el catálogo de películas y música del avión, otros miraban la ruta que estaba trazada y otros peleaban con la señal de wifi que, para variar, no le estaba funcionando.

De pronto, la señal de “Abróchense los cinturones” se iluminó. Poco después, una voz calmada anunció que el servicio de bebidas sería suspendido debido a una leve turbulencia. La noticia no era alarmante, pero la atmósfera en el avión comenzó a cambiar y a deteriorarse rápidamente.

El tiempo pasó y un nuevo aviso advirtió que tampoco se serviría la comida, ya que era esencial que todo el personal y los pasajeros se mantuvieran en su asiento. La razón: una tormenta que prácticamente salió de la nada se intensificaba justo en la ruta de vuelo.

Tiempo después se desató el caos. Truenos retumbaban por encima del rugir de los motores y relámpagos iluminaban una noche que salió de la nada. La aeronave era sacudida como tierra ante un terremoto y de repente un poderoso rayo impactó el motor derecho dejándolo inoperante.

Un hombre que estaba sentado justo en la ventanilla posterior derecha podía ver a su alrededor el miedo reflejado en los rostros de los pasajeros. Algunos rezaban, otros se sujetaban fuertemente a sus asientos y otros mostraban sus rostros con lágrimas que no podían controlar simplemente esperando lo peor. La incertidumbre era aterradora.

Sin embargo, en medio de aquel torbellino de emociones y desesperación, una imagen llamaba la atención al ojo observador. Un pequeño niño sentado tranquilamente en su asiento, intentando mirar por la ventanilla, pero como si nada estuviese ocurriendo. A veces cerraba los ojos, descansaba un momento y luego volvía a observar la ventanilla. No había rastros de angustia ni miedo en su rostro, a diferencia del resto de los pasajeros, el niño estaba en total tranquilidad.

La tempestad continuaba, pero el piloto, hábilmente, con infinita experiencia en lo que hacía, logró maniobrar de forma segura y pasar la repentina tormenta con un solo motor. De esa manera pudo llevar a puerto seguro a todos los tripulantes.   

Al aterrizar, las personas estaban ansiosas y todos se apresuraban a salir del avión. El hombre, asombrado por el temple del pequeño, decidió quedarse unos momentos para hablar con él. Tan pronto tuvo la oportunidad, le preguntó cómo era posible que él estuviese tan tranquilo con toda esta situación. Le increpó con un tono que sugería asombro.

El pequeño le sonrió y respondió:

“Mi papá es el piloto y me está llevando a casa.”

¿Cuántas veces quiere Dios llevarte a casa, pero tú estás como el cabro tirando pa’l monte?

¿Cuántas veces Dios quiere dirigirte a puerto seguro luego de la tormenta, pero tú insistes en el camino ancho que no lleva a ningún lado?

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